El siguiente es un famoso ejemplo, conocido como “El Dilema del Tranvía”:

Hay un tranvía fuera de control. Más adelante, en las vías, hay cinco personas trabajando. El tranvía se dirige hacia ellas. Usted se encuentra en la playa de maniobras, junto a una palanca. Si usted acciona esa palanca, el tranvía cambiará de dirección y se dirigirá a una vía lateral. Sin embargo, usted se da cuenta de que hay una persona atada a esa vía lateral.

Usted tiene dos opciones:

1. No hacer nada, y el tranvía matará a las cinco personas que se encuentran trabajando.

2. Accionar la palanca, desviar el tranvía y que mate a una persona.

¿Qué haría usted en esa situación?

¿Qué cree que haría la mayoría de las personas?

Por qué eligen dejar que mueran los cinco trabajadores o matar a uno. No hay respuestas correctas ya que lo que se pretende, en primer lugar, es observar las intuiciones de las personas.

No es inusual que muchas personas elijan la solución de desviar el tranvía para matar sólo a una persona. Sin embargo, analice la siguiente variante propuesta por Judith Thomson:

Un tranvía se dirige por las vías hacia cinco personas. Usted se encuentra en un puente mirando la situación desde arriba, y puede detener el tranvía si arroja a una persona muy corpulenta a las vías. Por suerte, hay alguien con esta características a su lado. Si la empujara, el tranvía la mataría, pero salvaría a las otras cinco personas. ¿Debería hacerlo?

En esta variante, ¿cambia su respuesta a la pregunta anterior? Si su respuesta es afirmativa, ¿por qué cree que cambia? ¿Hay alguna diferencia relevante con el ejemplo original?

A diferencia de la pregunta anterior, el ejemplo que ofrece Thomson no sólo busca observar intuiciones, sino también llegar a algunas conclusiones. Según Thomson, empujar a esta persona no es correcto, a pesar de que de esa manera se salvarían otras cinco personas . Por lo tanto, no se justifica matar a una persona para salvar a cinco.¿Qué cree al respecto?.

Una diferencia que encuentran las personas que defienden matar a uno para salvar a cinco se relaciona con las emociones que surgen de un caso y del otro. Mientras que empujar a una persona a su muerte nos genera rechazo, no nos genera ese rechazo accionar una palanca. Sin embargo, desde el punto de vista de la moral, no es claro que esa diferencia sea relevante. En efecto, lo que es correcto o incorrecto no tiene por qué depender de nuestras emociones. Se podría esperar a que una persona llegue a esa conclusión o proponer esa conclusión y observar la reacción de sus compañeros/as.

Thomson también compara el ejemplo del tranvía con este otro: Imagine que usted es un cirujano. Entre sus funciones se encuentra la de trasplantar órganos. Ingresan al hospital cinco pacientes: dos necesitan un riñón cada uno, dos necesitan un pulmón cada uno y el quinto necesita un corazón. Si no reciben un trasplante hoy mismo, morirán. El mismo día ingresa al hospital un joven y paciente, que viene por un chequeo habitual. El joven tiene los pulmones, riñones y el corazón sanos usted que necesita para salvar a los cinco pacientes. ¿Sería correcto matarlo para realizar los trasplantes?

Thomson considera que este ejemplo muestra una inconsistencia: ¿Por qué parecería correcto desviar el tranvía, pero no trasplantar los órganos? ¿Qué diferencia relevante cree que existe entre ambos ejemplos? ¿O no existe una diferencia relevante? Si encuentran esa diferencia y, si no la encuentran, qué reflexión pueden hacer al respecto. Luego, se puede ofrecer una respuesta a esta pregunta. La diferencia que encuentran algunos autores (como Schmidtz 2000) es que lo que está en juego en el caso del trasplante es la confianza que tenemos en las instituciones. Los hospitales y los médicos requieren que confiemos en ellos para que asistamos a los hospitales y pidamos ayuda a los médicos cuando tenemos un problema que sólo ellos pueden solucionar. Obviamente, no confiaremos en los hospitales si corremos el riesgo de que nos quiten nuestros órganos. En el caso del tranvía, la confianza en las instituciones no está en juego. Seguiremos usando tranvías aunque suceda un evento desafortunado como éste. Esta es una solución consecuencialista al problema que, obviamente, no sería compartida por un deontologista. Un deontologista podría afirmar, por ejemplo, que no se debe desviar el tranvía, o que sí es permisible hacerlo, pero no se trata de un acto intencional de matar (como en el caso del trasplante), sino que la muerte de la persona que se encuentra en la vía lateral es un efecto colateral no intencional (esto hace referencia a la conocida Doctrina del Doble Efecto).

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